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El Archivo: Talk Talk | Laughing Stock

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Lanzamiento: 16 de septiembre, 1991

Sello: Verve / Polydor

Producción: Tim Friese-Green

Estudio: Wessex Studios (Londres, Inglaterra)

Arte: James Marsh

Composición: Mark Hollis y Tim Friese-Green*

(*en “After The Flood”)


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El disco que culmina la carrera de Talk Talk forma parte de una mitología creada alrededor de obras difíciles y rompedoras que agotaron a sus creadores y costaron extravagantes sumas de dinero, poniendo en aprietos a las en algún tiempo prósperas casas disqueras. A diferencia de Loveless (1991) de My Bloody Valentine, por citar otro disco de ese linaje, Laughing Stock obtuvo malas críticas tras su lanzamiento y se convirtió en clásico solamente con el paso de los años (en su  momento la revista NME desenfundó la trillada acusación de “pretencioso”). Sin duda esto le sumó un aura de obra maestra adelantada a su tiempo que a la vez puede favorecer una narrativa algo fácil de Arte vs Comercio. Nada más lejos de la realidad, como lo señaló  un excelente artículo publicado en The Quietus, cuya lectura más bien lleva a provocar sorpresa ante la manera en que Verve, división de prestigio de una disquera grande como Polydor, puso el dinero y la promoción de un disco tan alejado de la música pop con la que se dio a conocer el grupo a inicios de los año 80, cuando Talk Talk eran algo así como una versión genérica de Duran Duran.  

Para 1991, el trío que lideraba Mark Hollis estaba asentado en terrenos mucho más inestables desde el punto de vista comercial, aunque artísticamente muy fértiles. La posibilidad de algún tipo de carrera convencional- llenando estadios, escribiendo hits, haciendo videos- fue dinamitada en 1988 con el lanzamiento del sorprendente Spirit of eden, rotundo fracaso comercial pero culminación de las ambiciones artísticas del grupo hasta ese momento, con un sonido monumental e íntimo a la vez, estructuras poco convencionales, obsesión por el detalle, aires de jazz y música experimental; para pesar de la compañía disquera: nada de canciones radiables. Todo lo anterior fue profundizado en Laughing Stock, que sin perder momentos de lirismo y emotividad, resultó una escucha todavía más retadora.

El disco empieza con varios segundos de lo que parece silencio puro, aunque al escuchar con atención  se nota el característico hiss de la cinta de grabación y con una paciencia glacial van apareciendo las primeras notas de “Myrrhman“, desde ahí los espacios vacíos, el aprecio por el silencio, las pausas y los cambios abruptos de volumen se vuelven la constante. Los largos pasajes instrumentales, cierto aire de dramatismo sombrío, las canciones de amplio minutaje  y sobre todo la voluntad de buscar referentes más allá de tradición del rock y el pop, llevaron a que tanto Spirit of eden como Laughing Stock se considerasen discos fundadores de eso que alguna vez se llamó post-rock, término acuñado por el crítico Simon Reynolds en 1995 ( y con el que hacía referencia a grupos de ese momento como Bark Psychosis y Disco Inferno). Pero a pesar de este carácter pionero, algo en Laughing Stock resulta increíblemente particular, hermético, irrepetible. Se puede referenciar lo que Talk Talk hizo en este disco, pero tratar de imitarlo a modo de influencia directa sería equivocado y fútil.

Parte de esta singularidad está en la voz de Mark Hollis, de una expresividad que ya había puesto al servicio de canciones mucho más directas como el éxito “It’s my life”, pero que aquí se balancea entre el susurro, la queja dolorida y algún histrionismo que remite a Scott Walker, otro ídolo pop volcado a la vanguardia. Lo otro, y quizás lo que más ha contribuido a la leyenda del disco, son sus maratónicas sesiones de grabación, en donde por 7 meses el grupo y el productor  Tim Friese-Greene se encerraron en un estudio sin ventanas ni relojes, iluminados únicamente por lámparas de lava y otros accesorios psicodélicos. Músicos de sesión iban y venían, grabando improvisaciones con apenas una secuencia de acordes como referencia. Mark Hollis, visionario pero también obsesivo y perfeccionista, terminaba desechando la mayor parte de estas colaboraciones, dejando en el resultado final solo las notas que consideraba indispensables.

Estos métodos, además de imposibles de reproducir en vivo, eran también parte de una forma de hacer música en la que el estudio de grabación funcionaba como un instrumento más. Contrario a la idea tradicionalista de la grabación como algo que reproduce a un grupo de músicos tocando en una habitación, se trataba  de armar un resultado a partir de fragmentos, micro editando distintas partes vocales e instrumentos hasta dar con el efecto deseado, casi a manera de collage. El mismo Miles Davis, uno de los ídolos de Hollis, ya había utilizado una estrategia similar en su disco Bitches Brew (1970), desafiando a la ortodoxia del jazz y su veneración por la pureza del performance.

Y si hay algo de jazz en Laughing Stock está lejos de la reverencia o el pastiche. Podría emparentarse más con los arrebatos atonales  del free-jazz y algunos guiños concretos, como la percusión de New Grass” que con sus acentos en los platillos remite a cierto swing  que en realidad se utiliza para crear una repetición hipnótica más cercana al krautrock que al bebop ( no por nada Mark Hollis consideraba a los alemanes de CAN como una de sus principales inspiraciones).

Todo lo anterior, que no se nos olvide, financiado con el dinero de una disquera major y sin sencillos promocionales, giras o cualquier otro aspecto más o menos convencional del negocio de la música. Quizás Hollis y compañía tomaron el dinero y salieron corriendo cuando todavía era posible, en una industria en la que un grupo podía tener un par de álbumes rentables y después hacer prácticamente lo que le diera la gana. Otros tiempos definitivamente, aunque este aprovechamiento del dinero y el sistema de las grandes disqueras no garantizó  la sobrevivencia de Talk Talk, quienes exhaustos tras la intensa grabación del disco, se separaron para siempre sin nunca manchar el legado con reuniones mercenarias o discos flojos y poco inspirados. Nos dejaron este álbum que parece estar suspendido en el aire, como si tras el último fundido de “Runeii”  siguiera sonando en alguna parte y por toda la eternidad.

 

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