Review: David Bowie | “Blackstar” (Destacado)

David Bowie, Blackstar
Columbia / RCA / ISO
Puntuación: 90
Por Marco Golcher

Hablar de David Bowie es casi como hablar de un mito, omnipresente en la cultura pop, antes un hijo pródigo y ahora una leyenda viviente de la música popular. Es raro que alguien con el peso histórico artístico y la trayectoria de David Bowie se mantenga activo a sus 69 años, y más raro aún es que sus creaciones recientes sigan siendo tan cautivadoras y efectivas como sus trabajos más emblemáticos, “clásicos”, para usar un término más coloquial. Y sin embargo, henos aquí, hipnotizados y encantados por el enigmático misticismo de Blackstar, su más reciente material.

Las últimas dos décadas han sido alto accidentadas para el artista, incluyendo colaboraciones brillantes, discos altamente experimentales (en buena virtud de Bowie), algunos mejor recibidos que otros. La década de los 2000 fue relativamente silenciosa para el artista, acompañada de escasos trabajos a su nombre. Fue hasta hace poco que rompió el silencio con The Next Day (2013), un disco placentero, pero con un sonido muy seguro, despojado de los riesgos y experimentos que se han llegado a esperar del sonido de David Bowie. Blackstar, sin embargo, es un regreso a su método de trabajo menos ortodoxo, en gran parte libre de ataduras creativas, lo que ha resultado en un sonido más fresco y novedoso para Bowie; efectivamente es ir hacia atrás para ir hacia adelante.

“Blackstar”, la pieza central que da nombre al disco, da inicio al mismo. Esta pieza inicia una densa masa negra, viscosa y pegajosa de sonido que se escurre entre percusiones errantes y vocalizaciones casi religiosas, produciendo una atmósfera oscura, cautivante e hipnotizadora. Un breve pero pronunciado interludio le da un respiro a esta masa oscura de sonido, pero pronto colapsa sobre sí misma, adquiriendo una actitud más seductora y determinada, contribuyendo maravillosamente a la dinámica de la canción.

Es una lástima que la atmósfera tan densa que es establecida en la primera pieza no continúa exactamente en las demás, pero Blackstar está lejos de ser una obra incoherente. La estética en el resto del disco sigue siendo muy cohesiva, la identidad del álbum, sea tan teñida de misterio como se le pueda considerar, es clara. Un constante coqueteo con el jazz, arreglos de vientos ejecutados majestuosamente y un uso reservado de elementos más electrónicos para crear texturas marcan el resto del disco, que acompañados de la voz de Bowie, cambian el tono del sonido a uno más elegante, serio, menos misterioso pero igual de intrigante.

La voz de Bowie en este disco es ciertamente uno de sus puntos que puede darse a la controversia con mayor facilidad. Por un lado, es cierto que aquella voz aguda, extravagante que aulló en Honky Dory (1971) está muerta, pero David Bowie no lo está. David vive, y su voz, como el, ha envejecido, y lo ha hecho con una gracia espectacular. En Blackstar, Bowie abraza la debilidad que se siente en su voz, los momentos en los que se quiebra y tiembla, y la incorpora a su música sin dificultad alguna. Es un testamento a lo importante que es reconocer el añejado de algunas reliquias, más allá que ver su edad como un obstáculo.

“Lazarus” es un momento del disco que demuestra con elegancia esta fragilidad en Bowie, no sólo en su voz. Saxofones que se acarician y mesen de un lado al otro melancólicamente sobre una instrumentación minimalista dan paso a la delicada voz de David, quien se encuentra vulnerable, debilitado ante la vida, sin nada más que perder, en peligro. Pero, ¿en peligro de qué? ¿Será acaso de su propia mortalidad?

En “Dollar Days,” vemos a David expresando sus lamentos nuevamente. Una instrumentación de jazz suave sirve de fondo para Bowie, cantando sobre su juventud, días de descontrol, días de libertinaje. Días que terminaron y nunca retornarán. La voz del artista como instrumento hace un espléndido trabajo de traducir la frustración y en última instancia, la melancolía de un hombre en su vejez recordando lo que alguna vez fueron sus años dorados. Es fácil, y hasta conmovedor, interpretar que Bowie no interpreta a un personaje en estos pasajes; es el cantando sobre el mismo.

El epílogo del disco, “I can’t give everything away,” continúa la temática de exponerse frente al mundo. Bowie acepta sus debilidades, las enfrenta y acepta, incorporándolas de forma catártica a su persona. Bowie acepta que no es capaz de desprenderse de todo lo que posee, es un ser mortal, frágil y dueño de sus propios límites, y es más fuerte que nunca. Un pasaje de esta pieza toca brevemente la idea de esconderse, usar pretextos o hasta máscaras o personajes para este fin. Es claro que David Bowie es más que familiar con esta idea, habiendo adoptado tantos alter-egos en el pasado como estrellas hay en el cielo, pero siempre en virtud de lamento, la voz de Bowie pasa a ser más íntima, confesando que en ocasiones pasadas, la verdad se le ha escurrido de los labios en forma de mentira, y que a veces, todo está fachada se vuelve abrumadora para él, un hombre mortal. Si bien la música de esta canción rompe notoriamente con el carácter de sus predecesoras en el disco, lírica y temáticamente es una conclusión perfecta.

Al igual que el personaje de Lázaro, David Bowie se ha ido, y ha regresado. Algunas veces regresó sin haberse ido. Y, a como en este disco la línea entre los personajes de Bowie y él se distorsiona, la realidad bien podría ser lo que aquí es presentado como ficción, si acaso ambigua: No sabemos donde estaba Bowie, pero volvió, y volvió con vida en su música y sangre en sus venas.

 

 

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