Carta de un fan de ruido

Por Esteban Mora 

Luis Yuré es a los haikus lo que el ruido es a la música. Mientras escribo esto (como fan), nunca antes en el país han habido tantos proyectos de ruido, ambient y drone como los hay ahora; hagamos un poco de namedropping solo para que quede más claro: aUTOPerro, E.L.E., Árböl Pájarö de Fuegö, Antisentido, Nautilus, Godzillasaurus, Sonorum, Destroyer, Alex Catona, Manteles, Fabrizio Durán, Begotten, Aracnophobia, EUS, Ett Abigail, Delirio de Cordura, Infanticidio, Piratas del Cosmos, The Wiesengrund Project, Arolgar, Melómana Distorsión, etc (sí, todavía faltan más). La mayoría, aunque no estén unificados de una manera centralizada, están organizados de alguna u otra forma en proyectos colectivos de alguna índole (e.j.: Extremos Sonoros), no simplemente individuales (aunque solo sean festivales, compilados nacionales o sellos), algunos han recibido apoyo de bandas y colectivos como Monte, Niño Koi, Great Wilderness, Folk Collective o Girl Scouts, pero lo más interesante de todo es que esto que está pasando no se desborda casi por ningún medio. The Wiesengrund Project ganó el premio Aquileo Echeverría y La Nación o Dance to the Radio recientemente publicaron artículos, pero más allá de eso, un fenómeno tan fuerte está pasando casi desapercibido para la magnitud (creo) de lo que está pasando. En cierta forma eso tiene que ver con el carácter recluido del movimiento: los conciertos no son constantes, sino esporádicos (por eso aproveche para ir a oírlos), y el ethos (aunque no puedo hablar por nadie más que por mí mismo) no es exactamente ‘entretener al público’, o ni siquiera el ‘sexo, drogas y rock and roll’ de hace más de medio siglo: es más bien algo así como entre incomodarlo, retar sus nociones preconcebidas y lograr que huya lo más rápido posible. Sí, esto es extraño para quien todavía piensa en autores y audiencias, estrellas de rock o tan siquiera sonidos articulados, pero esto es precisamente lo que estos proyectos buscan.

Se nota demasiado que en Latinoamérica (y tal vez especialmente en Costa Rica) nunca ha pasado una vanguardia propiamente dicha. Quiero decir, han habido vanguardias, claro está, de todos los tipos y muchas incluso adelantadas a las vanguardias occidentales u orientales, pero aquí nunca ha estallado la ola, ni nos ha revolcado, ni nos ha traído la basura para hacernos tragarnos nuestros propios miados. En Europa, Estados Unidos o Japón (las escenas más tradicionalmente fuertes de ruido) hay un sentido de decepción, de desconfianza hacia la noción misma de vanguardia: las vanguardias fracasaron, no cambiaron el mundo ni destruyeron el capitalismo o mucho menos, sino que fueron reabsorbidas una tras otra (por más marxistas o ácratas que fueran) dentro de los engranajes de la máquina. Y el ruido es una corriente (desde Hijokaidan hasta Whitehouse o The Haters) que sabe esto, que no tiene ninguna misión profética avant-garde que desee cumplir. No hay ninguna receta para lo que tiene que ser la música correcta; al contrario, esto es precisamente lo que se lanza contra el ruido (y créanme, amigos, se alzará en algún momento, y ya se ha alzado). El ruido, en ninguna parte del mundo, se plantea como una bandera a seguir en oposición al resto de las músicas. Al contrario: el ruido no excluye nada (ni siquiera al pop), pero es excluido él. No es un vanguardismo que se la cree, sino que sospecha, incluso de sí mismo. Su filosofía es mucho menos surrealista y mucho más fluxus, y todavía más: no es una vanguardia de la resistencia en el sentido modernista, es una vanguardia que lleva el dedo señalando su propia máscara.

Pero nada de esto importa: que Costa Rica haga su experiencia como sea que tenga que hacerlo. Ya se ha hecho, y se está haciendo, se publique o no se publique este texto. Y si nadie dice nada de lo que está pasando por debajo de las alfombras y las cobijas de la nación, pues que aprieten los dientes y sientan el ácido subir como sea, de una vez por todas o poco a poco, como una dinamita nietzscheana o como un derretimiento subterráneo de los pisos. Bertolt Brecht dice que todo buen arte tiene que ser entretenimiento, pero le tengo una noticia: esto (para mí, insisto) no es arte, no es bueno, y no es entretenimiento. Algunos dicen que toda nueva corriente artística empieza por ser, precisamente, fea: que lo digan los muertos debajo de la libertad de Delacroix, las escatologías de Mozart o Sade con Kant.

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